Nudo en la garganta

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Me tomo una cerveza (a esta hora)
caliente como orina fresca,
y me fumo la vida
esputando las piedras
que tamizan mi memoria.

Yo debería tener el cerebro en los riñones
y así,
tendría dos frijoles sin laberinto.

Ablando las horas enteras sin decimales,
pretendo a veces un buen potaje
sin remojo
anticipado.
Pero no alcanza la candela bajita
ni tu mirada
penetra tanta celulosa.

¿Te dije alguna vez que desconfío de las legumbres?
Se inflaman al doble de su tamaño cuando se mojan.

Me enredo en la tapia (espesa)
voluble como un bejuco,
y me paso la vida
eructando palabras
exentas de adrenalina.

Yo debería tener el cerebro en los ovarios
y así,
tendría dos cojones sin levadura.

Pateo las horas redondas sin costura,
procuro a veces hacer algo
sin apuro
previsto.
Pero no consigo fecundar el tiempo
ni tus piernas
se abren a mi destino.

¿Te dije alguna vez que desconfío de las posturas?
Su cáscara blanca no permite vaticinar su podredumbre.

Me abrazo a mi espalda (vacía)
enredado como una pita,
y me amarro la vida
tanteando los ceques
perdidos de la confianza.

Yo debería tener el cerebro en el pescuezo
y así,
quizás te diría todo lo que pienso.

Buenos Aires, 31 de diciembre de 2013

Todo tiempo pasado

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Anoche soñé delante tuyo
vomitando en seco
todo lo que extraño.

Y escupía palabras como vidrio molido,
como botellas rotas por la resaca violenta;
escupía la sangre como un hígado muerto,
coagulado en mis venas hervidas
sin piel,
sin pasas
sin uva
y sin nueces.

Anoche soñé delante de tus ojos
que lloraban en polvo
todo lo que fuimos.

Y se me enredaba la lengua como un trapo de piso,
como lagarto revolcado en salares perpetuos;
se me enredaban las cuerdas como alambres de tela,
alfombrado en mi garganta apelmazada
con pezuñas,
con anzuelos
con espinas
y con púas.

Anoche soñé delante de tus manos
soportando en peso
lo que no pude sostenerte.

Cachi, 12 de diciembre de 2013

Chacarito

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Y qué le voy a hacer 
si yo vivo en el cementerio, 
si para colmo mis calles no alumbran nunca el nicho
que me corresponde, 
si termino constantemente dormido a la intemperie sobre el mármol,
tembloroso
como un rolito.

Y qué le voy a hacer 
si mis vecinos no me hablan, 
si por si fuera poco debo huir sigiloso de los custodios
y las pulgas, 
si acabo invariablemente solo a la madrugada sobre el pasto,
desenchufado
como una bordeadora.

Y qué le voy a hacer
si me comen los gusanos,
si no son suficientes las moscas frotándose las patas
en silencio,
si concluyo eternamente putrefacto ceniciento sobre el polvo,
extinto
como un fuego fatuo.


Buenos Aires; 24 de noviembre de 2013

Nota de débito

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Vos me debés diez pesos,
no creas que me olvido tu sonrisa:
tu ojos capuchinos,
tu estatura edulcorante
y aquel ambo manchado con silencio.

Vos me debés una canción,
no creas que me olvido tu mañana:
tu acuarela calcada,
tu relato maltrecho
y aquella postal dedicada con champaña.

Vos me debés una charla,
no creas que me olvido de tu miedo:
tu negativa nerviosa,
tu chau no vuelvas más
y la mandada al carajo que respeto a rajatabla.

Pero vos,
sí vos,
me debés diez pesos,
En monedas,
¿recuerdas?

Buenos Aires; 06 de agosto de 2013

Aposemática

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Amarillas las vendas largas del asfalto,
doble cinta la frontera del sentido.
Y las luces,
amarillas gelatinas de la noche,
coágulo infecto tembloroso de hipocondria 
y miedo.

Amarillo el rectángulo atornillado
que me avisa y me refleja:
Cuidado escalón, me dice,
cuidado escalón, 
dos veces.

Me pongo los audífonos pero no escucho nada, 
el silencio es menos azul que una tortilla espumosa 
y más intenso que la mostaza.
El silencio es la ansiedad empastillada de azafrán 
y mercurio
en cápsulas blandas.

Amarillos asideros colgantes de Babilonia,
girasoles que exprimo como lianas.
Y la fiebre,
esa amarilla tropical que me acompaña,
fluorescencia de gorriones
con cirrosis.

Amarillas las marcas reflectantes
que me impiden resbalar como es debido:
Cuidado escalón, me frotan,
cuidado escalón,
de nuevo. 

Cierro los ojos pero no descubro nada, 
la oscuridad es un reflejo contaminado de cadmio 
y una explosión xantoproteica en mi retina.
La oscuridad es la ceguera borgeana del otro,
bastones enconados
de ictericia.

Amarillos los huesos flacos de la barriga del bondi, 
costillar de barrotes sin entrañas.
Y el semáforo, 
amarilla pestaña del tiempo, 
guiño perpetuo titilante 
de la histeria 
y basta.

Amarilla era su blusa descolgada 
del perchero de sus hombros:
Cuidado escalón, recuerdo,
cuidado escalón,
y no me importa.

Abro la boca pero no digo nada,
de un frenazo la página envejece
y de un tirón se me agrietan los sentidos.
La polimita prosigue intacta su espiral
y yo me extingo
en la vereda,
como una yema reventada.


Buenos Aires; 14 de septiembre de 2013

Relojes derretidos

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Y ahora soy yo quien duerme de nuevo en el colectivo,
buscando el sueño que la espuma me niega
como un resorte atravesado.

Quizás va siendo hora de poner en orden mis recuerdos,
mis mechones de pelo con cintita,
mis diplomas escolares,
mi expediente.

Y ahora soy yo quien yace eternamente cabeceando,
recostado al vidrio húmedo y glacial que vibra
como una pandereta.

Quizás va siendo hora de abandonar la filatelia,
la colección incompleta de la fauna,
la historia postal del desencuentro,
la estampilla suelta única en su especie.

Y ahora soy yo quien cierra los ojos como un lagarto,
reptando inerte una vez más
con la esperanza de la cripsis.

Quizás va siendo hora de exterminar las mariposas,
la lepidóptera costumbre de la seda intacta,
la polilla hambrienta de inquietudes,
la postura convicta de la metamorfosis.

Nada cambia,
será mejor que me acostumbre.

Buenos Aires; 01 de agosto de 2013

Ropa vieja

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Sumerja sus carnes en agua salada,
preferentemente del caribe,
donde el mar caliente abunda
y ablanda.

Ripéese la falda sin recato,
desmenuce su cintura estrepitosa,
clave las uñas hasta la hebra
más fina.

Corte el llanto de la cebolla,
el tomate sin piel en cuadraditos,
el ajo desdentado y el pimiento verde
al caldero hirviendo con aceite.

Sofríase un poco hasta dorarse,
derrame el vino blanco en cucharadas,
vierta el jugo de la carne y dele candela
a fuego lento diez minutos.

Arroje todo con descaro,
sazone cada fibra en la cazuela,
recuerde el laurel de la victoria
y el pimentón de sus labios.

Remuévase con sociego y pausa,
remuévase con deleite,
remuévase media hora niña 
y que no se pegue.

Acompáñese con arroz blanco,
un aguacate maduro,
un pedazo de malecón
y un mojito.
Buenos Aires, 28 de julio de 2013

Fuera de órbita

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Nah, si yo no soy un selenita:
Si ni aullo por plenitudes menstruales,
ni me crecen pelos en la lengua,
ni mi estado se anima con las mareas.

Nah, si a la nueva no la registro:
Si ni cuando crece me cosecho,
ni cuando mengua me germino,
ni cuando llena me alumbra suficiente.

Nah, si yo no he sido cosmonauta:
Si ni he plantado mi bandera,
ni la he pisado en pasos cortos,
ni guardo rocas extrañas como muestras.

Nah, si al final,
ella y yo sólo tenemos en común los cráteres,
el lado oscuro,
y el haber girado tanto tiempo como una mosca
buscando el centro de tus gravedades.

Buenos Aires, 27 de julio de 2013

Aporía de Basilio

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Del otro lado del andén hay una luz que espera,
yo la miro cada tanto y me sonríe
como quien recién me reconoce.

Del otro lado del café hay una luz que me acompaña,
yo la miro sin parar y me rutila
vacilante de nostalgias y utopías.

Del otro lado de mis labios hay una luz que me acaricia,
yo le devuelvo incandescente y me encandila
la claridad que me destella.

Cómo penetrar el mar sin apagarla,
cómo sostenerla lenta en el vacío,
cómo sobrevivir cuando se extingue
y escapar callado
cuando más la necesito.

Buenos Aires; 24 de julio de 2013

El fin de la nostalgia

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No pestaño una lágrima,
ni siquiera un puchero cargado de reptantes cocodrilos.
No reprimo la gota salpicada vacilante
de desdicha entre mis párpados quebrados.

No bostezo un silencio,
ni siquiera un sueño atravesado de inspiración profunda.
No sostengo el delirio congelado indiferente
de amargura entre mis cejas despobladas.

No disimulo una sonrisa,
ni siquiera un rictus agridulce de la boca para afuera.
No sostengo la mueca franca acartonada
de tristeza entre mis dientes amarillos.

Será que tu ausencia ya no es aquel látigo con anzuelos.
Será esta extraña sensación de libertad la que me cauteriza.
Será que empiezo a entender de una vez que no pudo ser y ya,
y listo.

Buenos Aires; 18 de julio de 2013

Darse de baja

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Ella es un cigarro partido que se fuma con ahínco perdiendo el aire,
subiendo de a dos los escalones,
corriendo el colectivo.

Ella es una lista de supermercado incompleta, mutilada, confusa,
un salario que pospone su sueño,
y una sube.

Ella es una tarjeta de crédito caduca con la única deuda que su propia renovación le exige,
y unas monedas por si acaso.



Buenos Aires; 11 de julio de 2013

Gris neutro

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Soy un si yo fuera,
he sido un si no fuese,
seré un de no haber sido;
el fracaso es mi única constancia,
la latencia es el aire que respiro,
el reproche es el sonido de mis pasos.

Todas las mañanas sueño con romper el viento,
todas las tardes me angustio,
todas las noches me asfixio. 

En cada primavera hay mil hojas caídas como canas,
en cada invierno hay mil ausencias como remotos calores,
en cada otoño florece alguna planta venenosa.

Parezco ser lo que puedo,
parezco nomás,
y me conformo.


 Buenos Aires; 01 de julio de 2013

Condición necesaria

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Deberé viajar con las nubes,
condensar el tiempo en minúsculas gotas
de mercurio.

Hoy hubo una neblina espantosa hasta bien tarde,
la autopista vomitaba las luces sobre ruedas
y la humedad se cortaba en fetas gruesas
como una mortadela transpirada.

Hoy quise hacerme humo de una vez
en el puente enrejado sin sombras,
y evaporar los baches sucios putrefactos
que me estancan.

Deberé viajar con las nubes,
equilibrar en parciales la suma de presiones
que aclimato.

Siempre una gota más rebalsa y desagota,
siempre el temple variable del aforo engaña
infeliz al destino de una aguja.

Siempre el fiel de la balanza enajenada
tiembla el pulso a la espera de sentencias firmes,
de piedra en el agua y corona y glup
y círculos eternos que brotan sin orilla.

Deberé viajar con las nubes,
vaporizar cada instante de esta hemorragia
deshidratada.

Evaporarse es el único modo
ya a esta altura del puente sobre la autopista,
tan lejos del mar,
inundado de asfalto y hormigón armado hasta los dientes,
envuelto en circunstancias tejidas tapiadas de amalgama,
que no alcanzan a filtrar de este cuerpo frío,
el ahogo necesario y sublimante
que me flote hasta tus costas.

Evaporarme y hacerme nube,
viajar variable a la velocidad del viento,
padecer las tormentas circundantes,
las calmas eternas de la noche despejada,
las alturas anoréxicas del recuerdo,
la brumosa cercanía del peligro a la tierra sedienta
que me atrapa.

Deberé viajar con las nubes,
llegar allí un mes cualquiera sin aviso,
precipitarme intenso sobre tu cabeza descubierta
de sorpresa tropical y aguacero vespertino,
recorrerte rotunda completa y para siempre,
derretido en tu cuello
como un pálpito humectante.

Y entre mis restos,
entre mis gotas salpicadas de azogue perpetuo y ceniza,
confiar de un roce tuyo hasta volverme piel,
pellizcar el sueño en lo profundo de la carne,
fundir de un abrazo este cristal de huesos rotos,
besar de un soplo el anhelo suspendido en una nube,
y pulverizar la distancia de una vez por todas,
si es que te alcanzan, para entonces, todavía,
mis palabras tenues derramadas en tu oído.

Buenos Aires; 12 de junio de 2013

Desagradecimiento

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Qué hacen tus manos trayéndome de vuelta,
déjame ahí,
donde el sol deshiela los pastos
cenizos en turquesas blandas.

Qué hacen tus ojos asustándose de frente,
no te puedo ver,
si acaso percibo la bruma del mar
como nubes derretidas en la arena.

Qué hace tu voz despertándome sin muerte,
tengo miedo,
preferir el vacío indoloro interminable
del ahogo que me salvas sin un beso.

Buenos Aires; 08 de junio de 2013

Fiebre

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Me preguntas las razones del insomnio
como si un colchón pudiese amortiguar mis caídas,
mis espinas clavadas como puntas afiladas de grafito,
mi piel de párpado nervioso faquir rasgado,
mi triquiasis extendida a todo el cuerpo.

A veces, la angustia no se oxida con fuego,
a veces tras la corteza activa de cenizas
todavía respira sedienta de anfígenos,
una lenta y solapada cicatriz al rojo vivo.

Me preguntas las razones del insomnio
como si pudiese dormir tranquilo en un colchón que no conoce
la silueta profunda de tu cuerpo,
como si pudiese apoyar la cabeza en una almohada virgen,
lejos de tu boca.

A veces la angustia no destila por los poros,
a veces la piel se resiste impermeable
temerosa de pozos inflamados lacerantes,
germinando escaras infinitas de vacío.

Me preguntas las razones del insomnio
como si pudiese medir en kilómetros la distancia,
como si no me ardiera todavía todo el cuerpo,
como si tu ausencia no fuese suficiente.

Buenos Aires, 17 de marzo de 2013

Ablepsia

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Me estrangulan los párpados
esquirlas pimientas molidas,

tejidos de pestañas afiladas
se me arrastran,
profundas.

Me arenan las córneas
resecas cebollas deshidratadas,

millones de agujas cristalinas
se me atraviesan,
lacerantes.

Me cementan las fóveas
glaciales acéticos vinagres,

cataratas de cayados rotos
se me enconan,
decapitados.




Buenos Aires, 14 de febrero de 2013

Plenilunio

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La noche atardecía aun, aguardando el crepúsculo de gente que ahora sí se repliegan como insectos desesperados por amanecer cualquier lunes. 

Dudaste hasta último momento en salir. Invocaste toda clase de lejanías y esperas vanas para las que no alcanza el horario ni la certidumbre. 

Qué más da, si al final invitarse ha sido un largo periplo de agujeros y desencuentros; quizás si te vas al parque ella te presienta cerca, quizás se encuentren y se digan algo, quizás algo que no se hayan dicho ya.

Llevas un libro verde, la cámara sin memoria (te darías cuenta luego) y una botella de vino perdida de algún viernes del pasado. La ilusión de poemas, la esperanza de su imagen y un cuchillo por sacacorchos.

Entras al parque, todavía con resaca de gente deambulando. Te sientas debajo de dos conos de luz donde se amontona rotando el polvo del tiempo. Entonces la sorpresa de sus letras, sus ojos profundos de texto, su guiño saludo reproche de manos y teclado, y su sonrisa; quizás también su sonrisa.

No pudiste no insinuarle, pero ella como otras veces parecía no poder entenderte. La miraste desde arriba como poseyendo un secreto guardado ansioso por compartirse. La viste distante, quizás no en el lugar de siempre, tal vez distraída ya de tu recuerdo. Ella no está acá, no ha llegado aún, piensas. De nuevo la lees, te desea suerte y presuroso balbuceas algo sobre la memoria y el plenilunio. Ya no te contesta. 

Arriba la luna crece y se aleja. Guardas una imagen ahora sí de la noche casi plena madrugada de lunes, descorchas el vino de un navajazo que tiñe de ocre otro desencuentro, otros pies cansados en la arena de otra orilla, otro sepa disculpar joven.

Ya sin asombro, abres triste el libro verde y te sientes al extremo de una curva que se cierra sobre ti mismo. Ha comenzado a plegarse el tiempo y ya no podrás salir de este universo homogéneo que genera el olvido. Nadie vendrá a buscarte. 

En un rato las autoridades cerrarán para siempre la noche y quedarás adentro. Perderás la memoria y tu sonrisa será sólo una vacía proyección de un pasado inexistente. Sabrás que no habrá más luna llena después de todo esto, pero no sabrás porqué.


Buenos Aires; 28 de enero de 2013


Sin pacto ni preaviso

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Hoy me voy a la luna llena de pozos desencontrados
buscando el tiempo en el pasto y la noche 
que alguna vez me han sostenido.

Invocaré mi fantasma a ver qué hago si se aparece
descubriendo el espacio en el lago y las luces
que todavía aún no cicatrizan.

Esperaré quién sabe cuanto he esperado hasta hoy
confiando mi dimensión al universo parque
que hoy vacía esta luna de memorias.

Te esperaré sí, como siempre te espero.

Buenos Aires; 27 de enero de 2013

Saudade

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—¿Qué escribe? —Te preguntó. —La historia —Le dijiste. 

—¿Y no podría parar un rato? —Disimulaste una mueca por sonrisa, y justo luego de escribir los dos puntos y el guión le contestaste: —Podría, pero se me escapa el tiempo. —Ese que transcurre hasta la próxima pregunta: —¿Ud viene siempre acá? 

Demoras en contestar, pero no dudas: —No recuerdo, creo que sí, hace tiempo he perdido la memoria. 

—¿Y cómo hace? —De nuevo paciencia en el trazo, que no se escapen las ideas: —Escribo ¿acaso no me ve? —No, probablemente no te vea: —¿Recuerda al menos por qué vino? —No, no realmente: —Huyo. —Se sorprende y esperas la siguiente pregunta: —¿De qué? —Ya le he dicho que no sé, que lo he olvidado. 

—¿Y cómo puede recordar que huye? —Piensas sostenidamente las últimas frases, dando lugar a un silencio como quien toma aire: —-No es un recuerdo, es una sensación —dijiste antes de permitirte una pausa —Siento que huyo, que me escapo, que me escondo. 

—¿Y no le intriga saber de qué huye? —De nuevo la mueca, esta vez casi espontánea. —Mire, siento como si la huida hubiese sido tan rápida, tan intempestiva, tan urgente y necesaria que dejé atrás los recuerdos y nunca me alcanzaron, debo haberme escondido muy bien ¿no le parece?

De nuevo sorpresa: —Podría ser sí... — Quizo decir ella pero la interrumpes:—En todo caso me siento bien aquí escribiendo, me siento seguro entiende, no digo intocable, porque a fin de cuentas yo sé que en algún momento pararé de escribir y me dedicaré a vivir algo, no sé, lo que me toque, pero para eso mire, necesito un pasado, es muy duro vivir sin pasado sabe. ¿Qué pasa si me olvido de nuevo? Debo escribirlo todo, al menos por ahora ¿entiende? debo crearme lo que en el futuro será mi pasado, imaginarmelo entero, documentarlo minuciosamente, y lo peor sabe, es que necesito creérmelo, que es de todo, lo más difícil. Si supiera cuántos pasados inverosímiles se puede llegar a imaginar uno .—Respiras, y sigues ya más tranquilo:

—Pero eso ya vendrá después, cuando pueda leer esto de acá a unos años quizás y sonreirme sin vacío sabe, lo peor de todo siempre es el vacío. Pero ya llegará, ya llegará ese día por sus propios medios. Mientras tanto, sólo escribo.

Se te quedó mirando, otras habrían huido despavoridas en apenas una oración, y sin embargo ella a veces parece que sigue ahí, mirando, indagando, aún cuando parece que no está, y te preguntas por qué, si te conocerá de la otra vida, si han sido amantes, si habrá perdido ella también la memoria, o si en el tiempo tan raro últimamente se te hubiese proyectado una dimensión posible del futuro, alguna vez, quizás con ella, que apenas escuchas como en larga distancia, se despide, se va y sigues escribiendo. 

Te sientes cansado y a veces la mano tiembla ante cada centímetro ganado en la hoja en blanco, ese pálido fragmento de libreta naranja que todo el tiempo interroga cómo seguir y a menudo te sorprende sin respuesta. 

El sol ya baja de los treinta grados y el domingo hay luna llena. Quizás ella vuelva para entonces, quizás recuerden algo.  



Buenos Aires; 26 de enero de 2013

Final de la tarde

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Al final de la tarde
dime tú ¿qué nos queda?
El zumo del recuerdo
y la sonrisa nueva
de algo que no fue.

Ernestina De Champourcin

Había un viento fresco raro, no sé, de esos que son cada vez menos comunes en el verano y yo abrí la heladera de pronto.

Estaba oscureciendo como ahora, en un atardecer de esos chatos sin nubes ni mezclas cálidas con alguna que otra saturación. Esos que bien podrían ser amaneceres de no ser por el ruido de los perros que ladran, el tránsito que zumba menguando todavía, y cierto movimiento discreto como un murmullo por el que creemos percibir aún, hay mucha gente despierta. No, no es un nuevo día, no esta vez, habrá que esperar.

Decía que abrí la heladera, una vez más pensé que el bombillo ahora sí estaría está fundido, hace más de un año que vengo pensando lo mismo, agarré el jugo que ya para ese entonces estaba frío y con la puerta todavía entreabierta le saqué la tapa y me empine de la botella así de una y sin respirar, como una oración muy larga sin comas. Entonces se prendió la luz de la heladera.

Recuerdo que me llamó la atención un poco, que empecé a percibir la botella de otro modo, como un claro oscuro perfecto a contraluz con transparencias, pero en la medida que mi sed se fue calmando empecé a percibir otros sabores, no ya esa mezcla de azúcares, ácido cítrico y vitamina C que desde antes podía distinguir, sino algo nuevo, como un nuevo color, como un nuevo color, dos veces sí.

Empecé a sentir reventándose cada milímetro de carpelo, cada porción de baya, cada sabor ya no más insípido de hollejo; cada influencia de terpenos remanentes de la cáscara, cada tallo ausente del que ha sido desprendida, cada hoja cercana, cada follaje, cada rama, cada tronco que se hunde en raíz, en la tierra y se conecta con el mundo. Lo sentí justo, perfecto, ni muy dulce ni muy amargo, ni muy verde ni muy maduro, ni empalagoso ni astringente, respondía a todas mis exigencias de catador principiante y me conectaba con la tierra de un modo muy profundo, casi subatómico, no sé, Ud sabe que reniego de misticismos.

Es increíble las sensaciones que puede dar un jugo de naranjas pensé entonces, yo que no sabía que ese momento fugaz acabaría con el mundo tal cual lo conocía, más que como una revelación, como un fenómeno percibido, anticipado; incluso generado por una conjunción de factores con algo de voluntad y probabilística, llegué a pensar luego, yo que siempre ando enredándome con la técnica, los descartes, los gerundios y las cacofonías..

Pero lo cierto es que al cabo, todavía tengo esta sensación desde aquella tarde noche la cual de algún modo continúa: Aquella vez yo me bebí el universo de un largo trago, y en medio de esa avalancha infinitesimal frame-to-frame de sabores, recuerdo todavía vivamente reconocer su olor, su sabor, toda su sangre, desde entonces para siempre impregnados en mi memoria como un impulso eléctrico.

Luego le preparé un desayuno de atardecer, quizás anticipándome un poco, se lo llevé hasta la cama y se despertó con una sonrisa.

Al rato se fue y al otro día ya no amaneció.

Buenos Aires; 24 de enero de 2013



Nullpunktsenergie

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El descenso ha sido gradual, cuidadoso de no quebrar los cristales del tiempo y la memoria. Delicado con cada centímetro cúbico de mercurio que presiona aún con la esperanza de un quiebre fugaz y un escape fluido desprovisto ya de resistencia alguna, pero no. Nunca has estado tan quieto como ahora, en el molde, como quien regresa a algún lado impreciso en un momento indeterminado y aún así, no puedes dejar de de sentirte inestable, frágil, inseguro, tembloroso. 

Deben ser los nervios, apenas piensas, o la ansiedad. Esa maldita impaciencia de querer todo, esa ambición desmedida de quererlo ya; búsqueda insensata de la nada sin propósito alguno entre otras redundancias. Esa maníatica intención de vibrar todo el tiempo que parece se acrecenta desesperada cuando ya tu estado es casi inerte, casi fundamental ahí, donde ya nada se mueve sencillamente porque ya no hay más lugar (y sobre todo, porque moverse implica mover también el universo circundante con sus millones de partículas pesadas y sus leyes).

Deberías haberlo previsto, evitar los grumos de este universo pastoso que te fragua como cemento ya no tan fresco. Mantenerte activo, evitar congelarte, hacer ejercicios, tomar sol en la esquina o ir de nuevo solo al parque. Quizás ahora sí me la encuentre, casual, predestinado, no sé, como antes. 

Pero el tiempo se te vino encima como siempre; lento sí, sigiloso y también definitivo. Cada segundo te añade una capa de incertidumbre, una sospecha de paradoja que pospone la realidad y superpone los estados. ¿Estaremos vivos o muertos a esta altura? No debería sorprenderte ya ninguna respuesta, como ya no te sorprende el frío ni la baja presión de la sangre congelada que te revienta las venas. 

De nuevo te descubres solo y condensado, rebotando en las paredes de este pozo de potencial infinito, sin otra armonía que la formalidad matemática de una conjetura irresuelta. Solo con el murmullo de tus pensamientos y alguna actividad más o menos neuronal que te resulta por lo menos inaudita en medio de tanto pesimismo y tanta falta de aire. Quizás así, si acaso piensas, con esta mínima energía y a una distancia sensata, podremos en efecto alterar este vacío y acercarnos como movidos por alguna fuerza natural. 

Inmóvil, incluso resignado al hielo de mercurio bajo tus axilas, todavía presientes los cristales intactos y la memoria impoluta. Será que sientes aún vibrar leve la esperanza de su piel cercana y su mano tibia en tu frente. Será que al cabo será posible, amplificar la energía hasta niveles mensurables que sacudan el tejido del tiempo.


Buenos Aires; 21 de enero de 2013

Wormhole

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Después de toda una tarde abrasadora hirviendo, te tomaste el 127 en la esquina transpirando y al llegar viste las dos chicas tomadas de la mano patinando sobre hielo en la laguna del parque: A veces el clima puede cambiar muy radicalmente. Piensas, intentas olvidar una sonrisa y te pones la campera verde, esa que no abriga nada pero es impermeable a los recuerdos. Me pregunto cuántos amaneceres tendremos en el parque. Los que queramos.

Debes reconocer que has perdido la noción del tiempo en todo su espectro de significados y connotaciones más o menos pragmáticas. Por momentos ni siquiera puedes asegurar que sea primavera o verano, o alguna de las otras dos estaciones de las que ya olvidaste sus nombres. Ya ni te interesa adivinar en que año estamos, por lo incomprensible que a estas alturas te resulta cualquier término relacionado con los almanaques y sus casilleros abstractos.

La campera la llevas siempre contigo desde empezaste a notar que algo no andaba bien. Con este tiempo loco no sería descabellado que un día de estos caiga nieve y hay que estar preparado. Dicen que cuando nieva hay menos frío pero la humedad se vuelve osteoporosis crónica de la memoria. Y si de sorpresa en un rato desciende el calor de golpe una vez más, con sus convecciones de concreto, sus charcos calientes y sus mosquitas molestas, uno se vuelve frágil, o peor, blando de huesos; y al otro día cuesta levantarse a la mañana. Como si todavía pudieras asegurar que los días pasan, o transcurren. Como si te fueras a acostar pensando en mañanas; o al menos una sola, esa mañana que aun no llega o que ya ha pasado y no te has dado cuenta. Tenés frío; vení, sentate acá. No mejor no, no quiero estar cerca.

Empezó a los pocos días de su partida. Aquella vez oscureció de pronto cuando empezaste a notar que no tenías noción de su regreso. No había luna ni estrellas cercanas y te negaste a preguntar. Mirar el cielo ha dejado de ser garantía, ya ni pretende insinuar una sospecha, regalar la más mínima pista, mucho menos alentar una esperanza. Mirar al cielo se ha convertido en veladuras surrealistas de luna menguante y sol sostenido mayor sin eclipses, ni crepúsculos, ni amaneceres magentas. Al principio podías distinguir al menos si se trataba de la noche lavada sobreexpuesta o el día gris oscuro y empastado, pero ya ni eso.

Hay algo, algo te trae inevitable a este parque con una frecuencia congelada en un instante que por momentos se te antoja interminable, y también fugaz perecedera. Como si acá fuera a pasar algo alguna vez, alguna noche muy de trasnoche, alguna tarde muy de mates con dos termos y churros sin relleno. ¿No te gusta el dulce de leche? Si, pero me empalaga muy rápido además, con este calor... 

Siempre que vienes, escuchas voces cercanas que no te atreves a mirar de frente, no quieres que te vean. Te acercas, te alejas, a veces de espaldas al lago incluso, buscando siempre la mejor posición que te permita intentar seguir escuchando. Pero a veces callan por largos períodos, y otras no entiendes lo que dicen y tú sólo sonríes, sonríes y asientas con la cabeza. No importa. Sabes que estás buscando algo y aunque hayas olvidado qué, es la única certeza que aun conservas más o menos intacta. 

A veces el olvido no es un mero lapsus de la memoria, ni tampoco la simple metáfora de la indiferencia. A veces el olvido es un pozo, un bache, un charco; una laguna glaciar profunda sobre la cual patinan dos chicas tomadas de la mano, debilitando en fetas el hielo donde dejaste congelado un recuerdo y la capacidad de distinguir el claroscuro de tus días.

Pero en su cadencia y tu espera perenne has llegado a ignorar que el hielo no se derrite solo; el hielo en días fundidos sólo se rompe de un golpe atroz, una palabra, una pregunta que te negaste a hacer y que resolviste contestar con tu memoria sin reparar en las consecuencias. Entonces quisiste venir al parque a escuchar, a ver si sucede algo, algo que llame tu atención más allá del miedo paralizante de no verla nunca más. 

Ya es tarde, aunque muy probablemente sea muy temprano, no lo sabes, no te lo preguntas tampoco. No pasará mucho tiempo hasta que vuelvas; simplemente porque el tiempo no pasa, no sucede, no transcurre desde aquella noche en que primero olvidaste cuándo regresaría y luego, cuando la dilatación del tiempo aún te permitía razonar algo, te convenciste al borde de la desesperación, de que tu olvido, tu bache profundo y congelado perpetuo, es la censura cósmica que le impide volver en tiempo y forma. Y que la noche todavía no termina y ella no vuelve.


Buenos Aires, 14 de enero de 2013

Partículas en suspensión

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Una vez más se acostó temprano, porque sabe que parte del problema es acostarse temprano, porque a la mañana tiene más pilas y levantándose tres horas antes puede llegar a hacer algo que valga la pena, aunque sólo sea doblar un poco de ropa y dejarla sobre la cama. 

Si lo piensas mucho no lo haces; de hecho, sé perfectamente que aunque ya empezaste, es muy difícil que termines de escribir esto. Una duda de sentido, elucubrar algún sinónimo... hasta titubear sobre la acentuación me distrae constantemente, me hala, me reclama con el ocio como arrullo. Haber apagado la luz no ayuda a pesar de que recién anochece. El sueño es otro que a veces vence al hastío y en cualquier momento caigo rendido, aire acondicionado y colchón nuevo mediante. De hecho, si me detengo mucho en la descripción pierdo el hilo rápido. Por eso nomás escribes manifiestos barrocos sin rima, de imágenes fáciles y de tono fatalista sin remedio, ¿podrás cambiar de canal y volver a la historia? Dale sí, fúmate un cigarro, un cigarro siempre ayuda, como si te hiciera falta humo.

Desde que tiene la cama nueva fuma temeroso de las colillas, o peor, una brasita encendida que caiga por alguna de sus torpezas frecuentes, y entonces ocurra lo inevitable, lo que ya no tiene vuelta atrás, con posterior triste resignación incluída:

Estará bien hacer esto? Desdoblarse de esta manera con tal de curar una soledad incurable? o será que desdoblarse es el síntoma inequívoco de la insanía? Digo, realmente debo escribir de todo lo que me pasa? Acaso es lo único que sé escribir?. Tú lo has dicho, pero no ahora eh, no te me vengas a hacer el inspirado conmigo que ahí tienes cientos y cientos de notas y boceticos de mierda, regados como agua finamente dividida. Todos dicen mas o menos lo mismo, explícita o implícitamente, y hasta has ensayado mil formas de plantearlo más o menos decentemente, y ni siquiera confías en que éste intento por lo menos, no sea una reverenda basura.

Para, piensa, no mucho tiempo, no tiene mucho tiempo hasta que se le terminen las ganas de escribir, esto, que piensa de nuevo, no sabe lo que es; que quiere ser algo pero puede ser todo, o nada, como tanto, como todo. Vacío de sentido escribe. intenta seguir escribiendo como quien intenta agarrar una botella o un salvavidas. Quiere escribirle a ella, que está lejos, que siempre está lejos, cada vez más lejos, mientras afuera persiste la niebla en su tercera semana:

Es que escribir es un acto cruel. todo lo que involucra el proceso de escribir es un acto de soledad, podemos haber adquirido socialmente una lengua, pero el lenguaje nace en uno mismo y adquiere una dimensión muy personal para cada uno. La lengua será social, pero eso... esa cosa que pasa en la cabeza de uno cuando se responde con palabras ante estímulos de la realidad, eso es una soledad absoluta. ¿Y tú dices que por eso los escritores se inventan personajes, historias, y puntos de vistas espaciales? ¿Que hablan consigo mismos y deciden ponerlo sobre papel porque están todos quemados, o que estaban casi a punto pero con el ejercicio se achicharraron, no? Algo así, no sé, no conozco tantos escritores, igual hablo por mí, hablo por lo que me pasa a mí. Ya sé mijo, ya quedó en claro que tú sólo sabes hablar de ti mismo, por eso te va como te va, y hasta la humareda de estos días es tu cabeza ardiendo aserrín mojado. No te puedes inventar historias, apenas si podes manejar niveles de realidad en un texto, lo que más se te da es ficcionar un poco las cosas, ir matando personajes (casi nunca agregas nada). Igual tengo un par de cuentitos muy ficcionados, de hecho mi primer cuento no es un historia real. 

Escribe el punto y aparte y piensa, probablemente el de casi nadie lo sea; en las primeras historias de vida por lo general todo nos parece irrealmaravilloso, así de junto, así de abstracto y rocambolesco:

Es fácil imaginar cuando no se ha vivido casi nada, es la única herramienta que tenés, es lo único que te sale. Bueno tigre, no tan calvo, que si fuera por eso tú serías el tipo más imaginativo del mundo,  si algo tú no has aprendido a estas alturas es vivir. Dicen que nadie aprende, que es todo un ejercicio constante y para todos tortuoso, aun para los más negados y los más huecos, aunque no se den cuenta, aun los ciegos neblinosos. ¿Y ahora qué? ¿En qué quedamos? Has vivido pero no has aprendido nada, vaya noticia, y encima pretendes excusarte diciendo que a todos les pasa lo mismo. No caigas en eso muchacho, que tú no eres igual a los demás, eres diferente.

Y piensa diferente como una incapacidad, como un no alcanzar a percibir, a entender, a escuchar, a transmitir, y claro, ahí está de nuevo, esa soledad, esa maldita nube en sus ojos, esa mediasombra de pestañas, esos lentes empañados de grasa. Se da vuelta, ya le duelen los codos de estar boca abajo. Apaga un rato el aire y abre la ventana. Entonces la humedad lo invade condensada. 

Piensa en el calor de estos días, en las tormentas secas sin arena con goterones de polvo y en los poemas inconclusos de las tardes; en las fiestas sin ella, sin él. En que tanta palabrería hueca acabará por ahuyentarla más aún; como si la lejanía fuera su destino manifiesto y esta neblina fuese imaginaria, proyección de sentido, intento de acercamiento climático, simpatía pulverizada y cursi.

Termina de fumarse el último pucho. Sin nicotina no se puede escribir, piensa. Mañana tendrá que salir rajando a comprar un paquete bien temprano, si es posible antes de desayunar. Prende la luz por un instante, medio ciego saca todo de arriba del colchón nuevo y apaga. Se acuesta, el sueño no tardará en venir, ya son más de las doce. La ropa limpia doblada ha terminado dispersa en el piso de nuevo.

Recuerda la única vez que ha escrito junto a alguien, ahí, en ese barcito al costado de Parque Lezama, donde aquella noche la soledad pareció extinguirse para siempre. Recuerda el aclarar caminando, la flor y la luna de plata frente al lago, bajo el ángel. Recuerda entonces que ha pasado el tiempo, que ahora ella no está y que su corta ausencia no la hace menos profunda. El derretir de los días vuelven las horas años de ceniza. 

Cansado, respira el humo y la niebla irremediable que sofoca y agita también al resto. Pero sólo él sabe la causa de tanta contaminación y densidad atmosférica, quizás porque sólo el la siente. El resto de la urbe (muchedumbrita exagerada por metro cuadrado) no parece inmutarse; se duerme, ya dormirá o ya ronca ignorando su identidad arrebatada, su nombre falso, su smog y su asfixia: 

Nada puede ser realmente bueno si ella le falta a esta ciudad, mucho menos los aires.


Buenos Aires; 09 de enero de 2013