Soliloquio

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Y la piedra silente se pregunta que culpa tiene, 
y yo sólo contesto a martillazos de furia
y cinceles violentos 
de la angustia.

Y la piedra callada me devuelve escombros diminutos, 
y yo sólo respondo perforando grietas
y agujeros profundos
de su ausencia.

Y la piedra resignada me vomita el polvo adolorido
y yo sólo sangro rabiando silencios
y esperanzas moribundas
de la nada


Buenos Aires; 26 de noviembre de 2012

A veces no sé

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Cómo esperar 
que nazcan 
de ti 
las víctimas 
de tu propia 
indiferencia.

Cómo acompañarte 
en caminos 
pisados 
de tu propia 
incertidumbre.

Cómo salirte 
a buscar 
en la noche 
y sobrevivir 
no encontrarte.

Cómo esperar 
en el muelle de piedras 
bajo la lluvia verde 
y darme vuelta 
sabiendo 
que estás.

Cómo esperar 
mañana 
que vengas 
sin avisarme.


Buenos Aires; 26 de noviembre de 2012

Ni tan buenos

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A ver si nos ponemos de acuerdo, ya que te veo intenciones de tropical desconocedor de latitudes, de caluroso agobiante y sostenedor de este sol que raja las piedras sin ternura: No, no es este el modo; y te falta, debes saber que te falta. En primer lugar ni siquiera es verano para tanta temperatura, empieza por respetar las estaciones, darte tu lugar, austral y rioplatense, orillero y porteño.

Entiendo que en tu ímpetu irrefrenable adolescente tardío se te dé por pretender convertirte de sopetón en eterno verano, en cielo perpetuo despejado con nubes bajas de ocasión (que aunque fugaces se agradecen). Pero no, insisto, no es que se te vaya la mano, es que se te pierde el ritmo, que para ser trópico querido te falta la clave, que el dos por cuatro no se hizo para estas temperaturas. ¿O acaso alguna vez viste un compadrito en bermudas, o una milonga con chancletas, o a Carlos Gardel en guayabera? No papi no, date tu lugar, que si bailas tango en la arena lo más probable es que se le claven los tacos de aguja hasta el fondo y la bufanda la tengas que usar de toallita para secarte el sudor de malevo con aires de guapo arravalero.

Tú bien sabes que ni los conventillos son solares, ni tu puerto es mi bahía,  ni la costanera es el malecón.

Más allá de eso y de tus oscuras intenciones meteorológicas que nunca entenderé, debes saber (y esto es fundamental) que los aguaceros tropicales como el que te mandaste hoy, no son propios de la mañana; menos aún si se te ocurre escampar y despejar a la tarde, consiguiendo con ello una evaporación inmediata que nos arrastra primero, nos derrite luego y nos sublima eventualmente en nubes de vapores calientes, difíciles de atravesar caminando. 

Todos, absolutamente todos nos dividimos en pequeñísimas partículas de polvo y humedad suspendida, y te recorremos de punta a cabo sin entender que nos has convertido a todos en la misma cosa: Pegajosos espectros emanantes de transpiración, ladrillos de humo, carne sancochada y células fundidas.

Al final, ahora que casi atardece, no hay ni rastro de lluvia, ni acera tibia, ni refrescada reciente. Ha quedado sólo el asfalto seco convector insoportable y algunos charquitos calientes en los que nos hemos disuelto sin remedio.

No, te falta, te falta aprender mucho todavía para ser trópico. Y aunque cada tanto hagas valer tus buenos aires a la sombra, nunca olvides que siempre, pero siempre, te faltará el mar.

Buenos Aires; 22 de noviembre de 2012

En esos días

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No la abraces,
que suelen tus manos frías
quemar violetas de angustia,
y a veces su piel se quiebra
al mínimo temblor
de pétalos sutiles.

No le hables,
que suele tu voz rasgada
reventar la magia del vidrio,
y a veces su escucha se ciega
al rotundo martillazo
de tímpanos saturados.

No la mires,
que suelen tus ojos claros
encender el miedo de alarma,
y a veces su llanto no alcanza
al amargo brote
de lágrimas propias.

No la escuches,
que suele tu atención prestada
dinamitar la paciencia breve,
y a veces su grito enmudece
al ingrávido murmullo
de balbuceos iracundos.

No la beses,
que suelen tus labios obscenos
estallar ásperos vesicantes,
y a veces su paladar se irrita
al húmedo hiriente filo
de lenguas derramadas.

Buenos Aires, 21 de noviembre de 2012

Fragmentos inconclusos

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He visto el mar turbio
apenas violento,
y la arena gruesa y parda 

pisándome los talones.

He robado lavandas
a mitad de la noche,
y deshojado margaritas
sin horario fijo.


He sido escoltado por perros
fieles como perros,
y amigos que ladran y muerden
con ternura.


He descubierto una cueva
a la vista de todos,
y me he refugiado del mundo
solo con Ella.


He acompañado un pingüino 
tembloroso agonizante,
y me ha devuelto un abrazo
de cariño y pico.


He juntado piedras rojas
como teñidas de sangre,
y he aprendido de un golpe
todos los tonos del ocre.

Mar del Sud, 18 de noviembre de 2012

Café de Verano

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¿Afuera? Te preguntó con desconfianza. Sí afuera, es el vicio, te disculpaste y saliste. Te sentaste en la mesa roja de la izquierda y acomodaste la silla hasta que la sombra del semáforo te diera de lleno en la cara, como una bofetada con dos manos, sólo que con este calor, más que bofetada la sombra es una caricia que no refresca, pero amortigua. Este clima es insoportable piensas, es Cuba sin playa y sin brisa, un tango al horno sin clave, un marpacífico marchito. Acá tiene, “cafésoloenjarrito”. Gracias, ¿le pago ahora? Como quiera. Sí, prefiero, le das los diez pesos y se va.

El expreso es de esos brebajes que se dejan tomar en cualquier estación, aún caliente, siempre caliente (un café frío es agua de zanja fresca). Mueves la silla, la sombra se ha movido (o el sol, o la tierra); o tu cabeza es muy grande o el semáforo es muy chico, o las dos. No corre una gota de aire, un par de árboles se derriten como plástico blando y el humo de los autos hace las veces del viento, ese emigrante que no existe, que se fue a ninguna parte para no volver, no hoy al menos, no hasta que venga la tormenta. Pensar que esta ciudad se llama Buenos Aires parece un chiste de mal gusto. Agarrás la taza de vidrio (horrible) y tomás un poco, el primer sorbo siempre es el más estimulante.

Anoche no hubo luz en las calles y la sensación de estar en casa (qué palabra imprecisa a esta altura) era aún más asquerosa. Más de una hora en la parada, los colectivos como latas de carne rodantes y ese silencio raro que acompaña el apagón (si lo conocerás) y que aprovechas para agudizar el oído escuchando conversaciones ajenas.

Y ella, ¿cómo estará? Le preguntas: A ciegas, te dice pero ya lo intuías: Sin agua, sin luz, sin vos; ¿acaso el infierno se ha decidido a abrir una sucursal acá este verano? (si dios es argentino, el diablo es por lo menos ciudadano ilustre). No querés mandarme una tormentita? Te pidió. Y vos ahí, todavía en la parada, a dos cuadras de la sombra, justo en la frontera de la luz.

Sí, qué bien vendría una tormenta, pensás, bebés un poco más de café (es necesario estirarlo por lo menos a dos puchos) y prendés un cigarro.

A la madrugada soñaste un tornado blanco en medio de la avenida, gente corriendo, autos guareciéndose debajo de los puentes, colapsando autopistas, los árboles arrancados de raíz por la mano invisible que regula el mercado forestal y vos, tranquilo en la parada esperando que llegue la tormenta, que venga por sí misma, sin más preaviso que la humedad reciente hecha vapor de la tierra; sin más anticipo que su cintura desencajada y sus piernas mojadas que te abrazan y te arrastran.

Si esta cortina de luz fuera una cortina de lluvia no dudarías en ir a buscarla, o en correr en dirección contraria y mover las nubes hasta ella y exprimírselas encima como una toalla mojada.

Despiertas, y horas después el mozo te pregunta si querés algo más, no, por ahora no, gracias (¿a cuanto la porción de tormenta?) le dices y se guarda adentro del aire acondicionado.

Quién tuviera el poder real de traerle la tormenta, de sostener la primavera, de mover la frontera de sombra o la cortina de lluvia hasta mojarla de luz. Quién pudiera arrastrala (amablemente digo) hasta el sueño y sumergirse los dos en el cono de viento que trepa espiralado y no parar hasta atomizarse en chubasco y caer, precipitados, pellizcando el asfalto con violencia, salpicando leve, juntándose luego, fluyendo sin prisa hasta la zanja, chorreando a oscuras por las alcantarillas, corriendo hasta el río, desembocando en el mar. Entonces daría igual si naufragar juntos al medio de mi Atlántico, o reencarnar en arena mojada por olas de su Pacífico (piedad Mario, piedad).

Mañana, mañana llueve, leerás luego y le pedirás prestada la frase (ladrón). El sol ya no molesta, los edificios bajos de la esquina opuesta lo han atardecido anticipadamente y ahora todo es sombra, el aire sigue viscoso y los árboles son charcos de plástico fundido mitad sobre la vereda, mitad sobre el asfalto fluido. Irás a verla claro, si no le podes traer la tormenta, al menos te queda esperarla juntos y ver que pasa. 

Entonces recuerdas otra vez el sueño, la calle vacía, las voces ajenas calladas como pájaros que anuncian lluvia con su silencio (pero no llovió), tu decisión de caminar, de hacer dos cuadras, atravesar la frontera de luz y rescatarla, o al menos acompañarla en la sombra, para que se sienta menos sola, aunque no lo sepa (que sí, que lo sabe).

El mozo se ha metido otra vez en su sarcófaco refrigerado y vos afuera tomás el último sorbo de café, prendés otro cigarro, te levantas y te vas a buscarla. 


Buenos Aires; 08 de noviembre de 2012

Mutis

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Callado,
deberé mantenerme callado,
proteger la fragilidad del silencio,
descifrar la clave morse de tus pasos,
triturar las ramas de mis nervios vagos,
y masticar mis anhelos
sin molares.

Callado,
deberé permanecer callado,
ejercer mi derecho a la reserva,
comprender la inutilidad del sonido,
abortar palabras sucias en mi boca,
y tragarme los restos
sin saliva.

Callado,
deberé sobrevivir callado,
practicar la fonética sin fonos,
aprender de las señas mutiladas,
cercenar una a una mis cuerdas,
y engullir mis vocales
sin garganta.

Callado,
deberé perecer callado,
propiciar el final de estas letras,
aceptar el buche amargo del tiempo,
demoler las paredes que me escuchan,
y digerir la muerte
sin vo/s/.

Buenos Aires, 02 de noviembre de 2012

Suficiencia Respiratoria

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Disfrutar el momento y respirar
Olvidar el futuro y respirar
Amanecer en el parque y respirar
Ignorar la premura y respirar
Caminar bajo la lluvia y respirar
Entender la angustia y respirar
Compartir la poesía y respirar
Respetar la distancia y respirar
Regalarle una rosa y respirar
Esperar el momento y respirar
Inspirarle la vida y respirar
Juntos.

Buenos Aires, 02 de noviembre de 2012.