Big Crunch

Un guaguancó, una rumba, un toque de tambor que te eriza el cuero y te ataca de epilepsis las piernas y los brazos como un títere desencajado de cintura, de un sólo hilo y diminutas e infinitas articulaciones. ¿Es acaso posible bailar llorando? ¿Por qué no?

Hay cantos que deshidratan más que los diuréticos y el calor insoportable; que te vuelven un estropajo seco, casi metálico, incapaz de absorber la más mínima gota de cualquier líquido, ni agua de charco, ni mercurio rodante, ni lava salpicada.

Esta lluvia te ha tirado encima toda la densidad de los días, todo el cansancio precipitado en goterones pesados y violentos. Aunque llueva finito, sientes las gotas caer irremediables y profundas, con la gravedad de los párpados a la hora de la siesta. Te marcan violácea la espalda entera y no te humedecen más allá de la ropa, sino quemantes, te extraen molécula a molécula ese setenta y pico porciento de agua descompuesta que te contiene; como una esponja comprimida a su mínima expresión, sin siquiera agujeros, ni avidez hidrofílica, ni cavidades vacías propensas a la nostalgia.

El vacío absoluto empieza quizás así, denso y compacto, sin agujeros suceptibles de melancolía, con toda la materia apretujada en un minúsculo espacio, en un instante de tiempo.

Al cabo, de tanta presión no habrá más materia, ni espacio, ni tiempo. Al cabo sólo este destino resulta inevitable, incluso más allá de las células muertas, gusanos hambrientos y neuronas descompuestas calcinadas.

Allí no habrán sonidos ni silencios, no habrá siquiera un allí, ni ningún otro adverbio capaz de señalar un lugar ni un momento. Allí voy, cada vez más cerca, contrayéndome como el llanto de un niño que desaparece.

Y entre tanto bailo este guaguancó deshidratado, mientras todavía perciba compases y claves; mientras bailar signifique alguna cosa, aunque a veces me olvide qué.

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