Fragmentos inconclusos

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He visto el mar turbio
apenas violento,
y la arena gruesa y parda 

pisándome los talones.

He robado lavandas
a mitad de la noche,
y deshojado margaritas
sin horario fijo.


He sido escoltado por perros
fieles como perros,
y amigos que ladran y muerden
con ternura.


He descubierto una cueva
a la vista de todos,
y me he refugiado del mundo
solo con Ella.


He acompañado un pingüino 
tembloroso agonizante,
y me ha devuelto un abrazo
de cariño y pico.


He juntado piedras rojas
como teñidas de sangre,
y he aprendido de un golpe
todos los tonos del ocre.

Mar del Sud, 18 de noviembre de 2012

Café de Verano

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¿Afuera? Te preguntó con desconfianza. Sí afuera, es el vicio, te disculpaste y saliste. Te sentaste en la mesa roja de la izquierda y acomodaste la silla hasta que la sombra del semáforo te diera de lleno en la cara, como una bofetada con dos manos, sólo que con este calor, más que bofetada la sombra es una caricia que no refresca, pero amortigua. Este clima es insoportable piensas, es Cuba sin playa y sin brisa, un tango al horno sin clave, un marpacífico marchito. Acá tiene, “cafésoloenjarrito”. Gracias, ¿le pago ahora? Como quiera. Sí, prefiero, le das los diez pesos y se va.

El expreso es de esos brebajes que se dejan tomar en cualquier estación, aún caliente, siempre caliente (un café frío es agua de zanja fresca). Mueves la silla, la sombra se ha movido (o el sol, o la tierra); o tu cabeza es muy grande o el semáforo es muy chico, o las dos. No corre una gota de aire, un par de árboles se derriten como plástico blando y el humo de los autos hace las veces del viento, ese emigrante que no existe, que se fue a ninguna parte para no volver, no hoy al menos, no hasta que venga la tormenta. Pensar que esta ciudad se llama Buenos Aires parece un chiste de mal gusto. Agarrás la taza de vidrio (horrible) y tomás un poco, el primer sorbo siempre es el más estimulante.

Anoche no hubo luz en las calles y la sensación de estar en casa (qué palabra imprecisa a esta altura) era aún más asquerosa. Más de una hora en la parada, los colectivos como latas de carne rodantes y ese silencio raro que acompaña el apagón (si lo conocerás) y que aprovechas para agudizar el oído escuchando conversaciones ajenas.

Y ella, ¿cómo estará? Le preguntas: A ciegas, te dice pero ya lo intuías: Sin agua, sin luz, sin vos; ¿acaso el infierno se ha decidido a abrir una sucursal acá este verano? (si dios es argentino, el diablo es por lo menos ciudadano ilustre). No querés mandarme una tormentita? Te pidió. Y vos ahí, todavía en la parada, a dos cuadras de la sombra, justo en la frontera de la luz.

Sí, qué bien vendría una tormenta, pensás, bebés un poco más de café (es necesario estirarlo por lo menos a dos puchos) y prendés un cigarro.

A la madrugada soñaste un tornado blanco en medio de la avenida, gente corriendo, autos guareciéndose debajo de los puentes, colapsando autopistas, los árboles arrancados de raíz por la mano invisible que regula el mercado forestal y vos, tranquilo en la parada esperando que llegue la tormenta, que venga por sí misma, sin más preaviso que la humedad reciente hecha vapor de la tierra; sin más anticipo que su cintura desencajada y sus piernas mojadas que te abrazan y te arrastran.

Si esta cortina de luz fuera una cortina de lluvia no dudarías en ir a buscarla, o en correr en dirección contraria y mover las nubes hasta ella y exprimírselas encima como una toalla mojada.

Despiertas, y horas después el mozo te pregunta si querés algo más, no, por ahora no, gracias (¿a cuanto la porción de tormenta?) le dices y se guarda adentro del aire acondicionado.

Quién tuviera el poder real de traerle la tormenta, de sostener la primavera, de mover la frontera de sombra o la cortina de lluvia hasta mojarla de luz. Quién pudiera arrastrala (amablemente digo) hasta el sueño y sumergirse los dos en el cono de viento que trepa espiralado y no parar hasta atomizarse en chubasco y caer, precipitados, pellizcando el asfalto con violencia, salpicando leve, juntándose luego, fluyendo sin prisa hasta la zanja, chorreando a oscuras por las alcantarillas, corriendo hasta el río, desembocando en el mar. Entonces daría igual si naufragar juntos al medio de mi Atlántico, o reencarnar en arena mojada por olas de su Pacífico (piedad Mario, piedad).

Mañana, mañana llueve, leerás luego y le pedirás prestada la frase (ladrón). El sol ya no molesta, los edificios bajos de la esquina opuesta lo han atardecido anticipadamente y ahora todo es sombra, el aire sigue viscoso y los árboles son charcos de plástico fundido mitad sobre la vereda, mitad sobre el asfalto fluido. Irás a verla claro, si no le podes traer la tormenta, al menos te queda esperarla juntos y ver que pasa. 

Entonces recuerdas otra vez el sueño, la calle vacía, las voces ajenas calladas como pájaros que anuncian lluvia con su silencio (pero no llovió), tu decisión de caminar, de hacer dos cuadras, atravesar la frontera de luz y rescatarla, o al menos acompañarla en la sombra, para que se sienta menos sola, aunque no lo sepa (que sí, que lo sabe).

El mozo se ha metido otra vez en su sarcófaco refrigerado y vos afuera tomás el último sorbo de café, prendés otro cigarro, te levantas y te vas a buscarla. 


Buenos Aires; 08 de noviembre de 2012

Mutis

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Callado,
deberé mantenerme callado,
proteger la fragilidad del silencio,
descifrar la clave morse de tus pasos,
triturar las ramas de mis nervios vagos,
y masticar mis anhelos
sin molares.

Callado,
deberé permanecer callado,
ejercer mi derecho a la reserva,
comprender la inutilidad del sonido,
abortar palabras sucias en mi boca,
y tragarme los restos
sin saliva.

Callado,
deberé sobrevivir callado,
practicar la fonética sin fonos,
aprender de las señas mutiladas,
cercenar una a una mis cuerdas,
y engullir mis vocales
sin garganta.

Callado,
deberé perecer callado,
propiciar el final de estas letras,
aceptar el buche amargo del tiempo,
demoler las paredes que me escuchan,
y digerir la muerte
sin vo/s/.

Buenos Aires, 02 de noviembre de 2012

Suficiencia Respiratoria

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Disfrutar el momento y respirar
Olvidar el futuro y respirar
Amanecer en el parque y respirar
Ignorar la premura y respirar
Caminar bajo la lluvia y respirar
Entender la angustia y respirar
Compartir la poesía y respirar
Respetar la distancia y respirar
Regalarle una rosa y respirar
Esperar el momento y respirar
Inspirarle la vida y respirar
Juntos.

Buenos Aires, 02 de noviembre de 2012.

Manual de escultura de la señorita Morgan

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X

Ir, venir,
atravesar fronteras,
avanzar sin detenerse,
(lo inmóvil es sólo aparente),
sentir veloz el aire
de tus pasos

Salir, partir, 
huir despavorida,
escapar sin norte, 
(lo cardinal no lo es todo),
hacerse humo de una vez
y ceniza.

Andar en línea recta,
alcanzar la meta,
coronarte victoriosa,
(el infinito no existe),
conquistar la gloria
fugaz.

Virar sobre tus pasos,
repisar tus huellas,
volver como un tango,
(el pasado es un refugio seguro),
replegarse en semilla 
sin brotes.

Y

Subir, trepar, 
corretear todo el árbol,
encaramarse en tejados ajenos
(los propios no tienen gracia),
descubrirte allá arriba
gigante.

Bajar, caer,
resbalar acantilados,
rodar por las cavernas,
(los túneles no tienen tiempo),
hundirse en el agua
con sangre.

Caminar por las paredes, 
trotar las medianeras, 
llegar hasta la copa del poste
(las luces son hojas verdes),
observarte allá abajo
diminuta.

Desplomarse en el eter,
precipitarse con ganas,
planearte en picado
(las manos son alas marchitas),
tomar aire una vez más
de nuevo.

Z

Ser, estar,
recorrer el presente,
no perder el rumbo,
(el sentido sin sentido),
encontrar la ruta
caminando.

Existir, vivir,
aliviarte de a poco,
contemplar la primavera,
(la eternidad es un instante),
perseverar en el empeño
y el sueño.

Salvarte de todo,
hacerlo por ti misma,
reconocer tu espacio,
(el espacio de todas ellas),
conciliar posiciones
vitales.

Quebrarse al espejo,
matarse de risa,
quererse un poquito,
(las líneas ocasionan dimensiones) 
soldarse las grietas
y nacer.

Buenos Aires; 01 de noviembre de 2012


Encontrar la ruta

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Primera, volantear a la izquierda, endereza y avanza, ser feliz antes de poner segunda, pensarla otra vez, tercera, freno leve, no viene nadie (tampoco ella) giras una, dos, tres veces antes de la colectora, te miras al espejo y sonríes, se ha borrado con el sudor sus letras en tu frente. Ayer fue breve y entre cortado pero intenso.
Ingresar a la rotonda bajo el puente, semáforo en rojo (hay paradas legales que no garantizan orden alguno y sin embargo son necesarias, aunque no siempre se tan claro cuando avanzar, como un) semáforo en verde, entrar a provincia, avenida al fondo, no hay giro en esta calle, avanzar una más y doblar, ¿la verás hoy? una más y doblar de nuevo, (no, probablemente no) incorporarte y seguir.
Cigarro, ventanilla baja, brazo distendido, (te gusta manejar guacho, lo disfrutás), anoche debiste seguir manejando, secuestrarla un par de minutos aunque sea, o un par de cuadras da igual (espacio/tiempo, ¿a quién le importa distinguirlos?). Un colectivo adelante frenado, asomas la trompa, aceleras a fondo, vuelves al carril, no entiendes que te pasa, esto es muy distinto a todo aquello y no te asusta ni un poquito, ni siquiera equivocarte, el cartel (Sí, seguilo) doblas de nuevo, encuentras el tunel, le das paso a una moto y sales.
Pero esto es real, estás seguro, quizás porque no lo has buscado, quizás ha nacido en tiempo y forma, cada momento con ella es el momento justo, ni antes ni después, lo sabes, lo sientes, ni si quiera te parece raro, y aunque te sorprende, es como mirar en perspectiva desde la cima,(¿dónde estás? Te perdiste) saber que ha llegado el momento de despegar, que no estás solo, que la soledad anterior era cierta y necesaria, que no es que no te sepas explicar, (doblá a la derecha haceme el favor) que no es necesario acotar de más, que este molde encastra justo sin perder la escencia, que es la pieza que te falta (que aún te falta, doblá de nuevo) y ella la tiene, si, ella sabe de un espacio en vos al que nadie nunca llego, y se ha enamorado de ese espacio que crees vacío pero fértil. Y encuentras la ruta (menos mal).
(No, no la verás hoy) y lo sabes, y mitigas la ansiedad creyendo que es necesario, quizás, pero no, todavía no lo crees del todo (¿quién podría culparte?), sabes que necesitas verla, confirmar que existe aunque sea leve la duda, que no es un delirio de tu mente ya de vuelta.
Y conforme avance el día, este jueves de mangas largas al sol, se irá pareciendo demasiado a un pretérito bostezo de tu vida, y te angustias de antemano, (es inevitable tener miedo a perderla) y quieres salir a buscarla ya mismo, o por lo menos escribirle, llamarla de auxilio, invocarla con una oración gramaticalmente incorrecta, algo así como: Primera, volantear a la izquierda, endereza y avanza, ser feliz antes de poner segunda, pensarla otra vez, tercera, freno leve, no viene nadie (tampoco ella).

Cadáver exquisito de noche encontrada

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Saltar y escapar, perder el miedo al olvido. Atravesar montañas como piedras planas, como espacio vacío con pendientes progresivas que potencien el salto y la catapulta.

Dejarse flotar en tormentas alegres, cantarazos que sufran nuestro nombres, nuestros rostros y nuestras huellas. Dejarse disolver contra la tierra y ser ésta, ser espacio (soporte).

Nutrirse como raíz profunda en arenas movedizas, cristalizar y fluir en simultáneo. Y saltar y escapar de nuevo; y explorar toda la tierra y el espacio, con hambre, con sed, con toda la voracidad y el deseo.

Existir en demasía, olvidar límites (polo tierra). Declararse finalmente un ente de luz y enterrar el mundo (situarlo donde pertenece). Todo por no dejar minuto de paz a las neuronas, que registren todo y jamás quieran/puedan olvidar.