Amores Perros

No te me encarnes,
suficiente tengo con las uñas
y la mugre cotidiana;
no sé si notás
que esta tierra no es arena del bosque,
ni esta zanja con aceite es el arroyo que refleja
tu estúpido arcoiris.

Acá donde me ves 
no corre ni una brisa, 
mirá si a esta altura no voy a desconfiar
de las palmeras retorcidas
y los espejos de agua;
acá donde me ves me acucho, 
me resguardo.

Mi única salvación es sacar la cabeza por la ventanilla,
como un perro;
parar bien las orejas,
sacarte la lengua a un costado y no decir ni pío, 
porque claro, 
los perros ladran
y yo me cuido mucho la garganta, 
que para morir degollado están los carneros y las gallinas, 
los zodiacos y los horóscopos chinos.

No creas que no sé que te divierte pintarme fiesta, 
mostrarme la pelota y esconderla lisonjeando mis patas
y acariciándome la cola con esa mirada que amenaza siempre con pegarme un chirlo;
me cansa a veces el juego de nunca acabar
dormido sobre tus piernas,
te lo he dicho de muchas formas, 
a partir de este momento sólo me queda morderte, 
y no,
que ya me sobran vacunas y no pierdo de vista el calendario.

Después de todo esto, 
de sobrevivir tanta metáfora canina y tanto mal aliento,
te preguntarás acaso porque no escondo mi cabeza, 
porque dejarla tan expuesta en bandeja a tus antojitos
de niña grande con mascota nueva.

No tendrás en mi una respuesta,
recuerda que los perros ladran todos en diferentes idiomas
y aun sólo consiguen decir lo mismo; 
por eso a veces mi única salvación es sacar la cabeza por la ventanilla
y esperar que aceleres.

Entonces,
parece que sonrío.

Buenos Aires, 13 de febrero de 2014

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