Exhorto

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Por menos que eso
he pedaleado kilómetros
en plena adolescencia,
he derrapado en arena
lamiendo el asfalto
como una muñeca
sin manos.

Por menos que eso
he apelmazado rosas
en portales con llovizna,
he caminado hasta el mar
queriendo ahogarme
como una piedra
sin pulmones.

Por menos que eso
he madrugado perdido
en los arrecifes de mi costa,
he flotado a la deriva
en el aire pesado
como una hoja
sin huesos.

Por menos que eso
he atravesado fronteras
con el pensamiento,
he vivido acompañado
inconsciente y feliz
como una babosa
sin nervios.

Por menos que eso
he arriesgado mi destino
en la nostalgia,
he acariciado la luz
y el miedo de acabar
como un tendón
sin Aquiles.

Por menos que eso
he pateado mis tableros
repletos de estrategias,
he renunciado a la dicha
volviéndome solo
como un cíclope
sin lentes.

Por menos que eso
he vuelto a soñar en colores
con las velas en el piso,
he abrazado su sangre
desprendida de mi
como una pestaña
sin deseos.

Por menos que eso
he planeado el retorno
buscando una sonrisa,
he anhelado el espejismo
sublime de un roce
como una piel
sin gallina.

Entonces,
basta,
que no puedo perdonarte
tantas veces.

Buenos Aires; 27 de enero de 2014

Será la noche

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¿No me ves?
Yo soy esa bolsa negra
que deambula en el asfalto
y se adhiere a las cubiertas;
que de rueda en rueda rueda
y se aplasta
constantemente.

Me hincho como un globo y crezco
volátil como un papelito;
hasta la curva y la ráfaga
feroz me tiran al piso de nuevo,
como siempre,
me desinflo comprimido
abofeteado sin viento,
me levanto apenas
inflamado
de ojeras rotas y alcancías
insuficientes.

¿No me ves?
Yo soy esa mancha oscura
en tu pupila insomne,
ese brillo molesto de noche que enceguece,
impreso en tus córneas
como un negativo
desenfocado.

Molesto la vista enredado en la escobilla de un Corsa,
me suelto salto súbito supino
y apenas alcanzo aleteando
vendar de negro el guiño de un Mercedes;

¿No me ves?
Yo soy esa bolsa negra
enganchada como un perchero
en la puerta del 39,
y un día de estos,
saltaré a tus piernas
como una media rota
y acabaré estrangulado
entre los rayos de tu bicicleta.

¿Me ves ahora?
mirá de nuevo,
prendé las luces.

Buenos Aires; 13 de enero de 2014

Nudo en la garganta

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Me tomo una cerveza (a esta hora)
caliente como orina fresca,
y me fumo la vida
esputando las piedras
que tamizan mi memoria.

Yo debería tener el cerebro en los riñones
y así,
tendría dos frijoles sin laberinto.

Ablando las horas enteras sin decimales,
pretendo a veces un buen potaje
sin remojo
anticipado.
Pero no alcanza la candela bajita
ni tu mirada
penetra tanta celulosa.

¿Te dije alguna vez que desconfío de las legumbres?
Se inflaman al doble de su tamaño cuando se mojan.

Me enredo en la tapia (espesa)
voluble como un bejuco,
y me paso la vida
eructando palabras
exentas de adrenalina.

Yo debería tener el cerebro en los ovarios
y así,
tendría dos cojones sin levadura.

Pateo las horas redondas sin costura,
procuro a veces hacer algo
sin apuro
previsto.
Pero no consigo fecundar el tiempo
ni tus piernas
se abren a mi destino.

¿Te dije alguna vez que desconfío de las posturas?
Su cáscara blanca no permite vaticinar su podredumbre.

Me abrazo a mi espalda (vacía)
enredado como una pita,
y me amarro la vida
tanteando los ceques
perdidos de la confianza.

Yo debería tener el cerebro en el pescuezo
y así,
quizás te diría todo lo que pienso.

Buenos Aires, 31 de diciembre de 2013

Todo tiempo pasado

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Anoche soñé delante tuyo
vomitando en seco
todo lo que extraño.

Y escupía palabras como vidrio molido,
como botellas rotas por la resaca violenta;
escupía la sangre como un hígado muerto,
coagulado en mis venas hervidas
sin piel,
sin pasas
sin uva
y sin nueces.

Anoche soñé delante de tus ojos
que lloraban en polvo
todo lo que fuimos.

Y se me enredaba la lengua como un trapo de piso,
como lagarto revolcado en salares perpetuos;
se me enredaban las cuerdas como alambres de tela,
alfombrado en mi garganta apelmazada
con pezuñas,
con anzuelos
con espinas
y con púas.

Anoche soñé delante de tus manos
soportando en peso
lo que no pude sostenerte.

Cachi, 12 de diciembre de 2013

Chacarito

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Y qué le voy a hacer 
si yo vivo en el cementerio, 
si para colmo mis calles no alumbran nunca el nicho
que me corresponde, 
si termino constantemente dormido a la intemperie sobre el mármol,
tembloroso
como un rolito.

Y qué le voy a hacer 
si mis vecinos no me hablan, 
si por si fuera poco debo huir sigiloso de los custodios
y las pulgas, 
si acabo invariablemente solo a la madrugada sobre el pasto,
desenchufado
como una bordeadora.

Y qué le voy a hacer
si me comen los gusanos,
si no son suficientes las moscas frotándose las patas
en silencio,
si concluyo eternamente putrefacto ceniciento sobre el polvo,
extinto
como un fuego fatuo.


Buenos Aires; 24 de noviembre de 2013

Nota de débito

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Vos me debés diez pesos,
no creas que me olvido tu sonrisa:
tu ojos capuchinos,
tu estatura edulcorante
y aquel ambo manchado con silencio.

Vos me debés una canción,
no creas que me olvido tu mañana:
tu acuarela calcada,
tu relato maltrecho
y aquella postal dedicada con champaña.

Vos me debés una charla,
no creas que me olvido de tu miedo:
tu negativa nerviosa,
tu chau no vuelvas más
y la mandada al carajo que respeto a rajatabla.

Pero vos,
sí vos,
me debés diez pesos,
En monedas,
¿recuerdas?

Buenos Aires; 06 de agosto de 2013

Aposemática

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Amarillas las vendas largas del asfalto,
doble cinta la frontera del sentido.
Y las luces,
amarillas gelatinas de la noche,
coágulo infecto tembloroso de hipocondria 
y miedo.

Amarillo el rectángulo atornillado
que me avisa y me refleja:
Cuidado escalón, me dice,
cuidado escalón, 
dos veces.

Me pongo los audífonos pero no escucho nada, 
el silencio es menos azul que una tortilla espumosa 
y más intenso que la mostaza.
El silencio es la ansiedad empastillada de azafrán 
y mercurio
en cápsulas blandas.

Amarillos asideros colgantes de Babilonia,
girasoles que exprimo como lianas.
Y la fiebre,
esa amarilla tropical que me acompaña,
fluorescencia de gorriones
con cirrosis.

Amarillas las marcas reflectantes
que me impiden resbalar como es debido:
Cuidado escalón, me frotan,
cuidado escalón,
de nuevo. 

Cierro los ojos pero no descubro nada, 
la oscuridad es un reflejo contaminado de cadmio 
y una explosión xantoproteica en mi retina.
La oscuridad es la ceguera borgeana del otro,
bastones enconados
de ictericia.

Amarillos los huesos flacos de la barriga del bondi, 
costillar de barrotes sin entrañas.
Y el semáforo, 
amarilla pestaña del tiempo, 
guiño perpetuo titilante 
de la histeria 
y basta.

Amarilla era su blusa descolgada 
del perchero de sus hombros:
Cuidado escalón, recuerdo,
cuidado escalón,
y no me importa.

Abro la boca pero no digo nada,
de un frenazo la página envejece
y de un tirón se me agrietan los sentidos.
La polimita prosigue intacta su espiral
y yo me extingo
en la vereda,
como una yema reventada.


Buenos Aires; 14 de septiembre de 2013